La Tía Ingracia se enamoró de Julio Cortázar durante la tarde en la que se enteró de que el tipo marchaba los sábados al Luna Park con los libros de los poetas alemanes debajo del brazo. Seguro que por eso se casó con el Tío Malaquías que, con todos los respetos por Cortázar, lo dejó en el segundo puesto. No por la Tía Ingracia porque, en materia de amores, no valen los rankings. Y sí por otra cuestión: el Tío Malaquías iba a la plaza para ser testigo de nuestros partidos con las obras completas de Borges en la bolsa de las compras.
Qué grande el Tío Malaquías: cada vez que terminábamos de jugar, nos pagaba una Coca y nos explicaba detalles a corregir en nuestros movimientos en los corners mientras en su bolsa inseparable la cara ya vieja del maestro Borges olfateaba dos kilos de cebollas o se arrimaba a una gloriosa longaniza. Nosotros corroborábamos el destino artístico que le concedía a cebollas, longanizas y otras majestuosidades que florecían en los negocios del barrio. Lo de Borges, en cambio, se nos hacía más enrevesado por dos razones: jamás habíamos leído una oración de ese hombre y tampoco jamás habíamos registrado al Tío Malaquías abriendo ese libro ancho. Le preguntábamos alrededor del tema porque no existen los secretos con alguien que se esmera en enseñar detalles sobre los movimientos en los corners. Y si el Tío Malaquías era capaz de exponer extenso sobre los corners, a Borges lo resolvía en dos palabras:
-Es Borges.
Una vez ganamos un cuadrangular y celebramos alzando la copa y las obras completas de Borges. Nunca descubrimos si el Tío Malaquías soñaba que la condición genial de Borges migraría desde su bolsa hasta nuestras piernas para transformarnos en cracks. Sabemos que lo conmovimos en un jueves frío de agosto cuando lo encontramos en una verdulería con la Tía Ingracia y le contamos que un jugador uruguayo acababa de meter cuatro goles en 20 minutos en un partido de Primera. “Se llama Enzo Borges”, le especificamos. El Tío Malaquías lloró feliz por un rato. En la bolsa y pegado a las cebollas, nos pareció que Borges también lagrimeaba.