El tipo que está en primer plano es la verdadera Bestia Pop. El protagonista real de la canción de Los Redondos. Es “El Negro José Luis”. Capo de la hinchada de Gimnasia en los finales de los 70 y principios de los 80. Un par de escalones arriba en la tribuna, de remera blanca, aparezco yo a mis 15 o 16 años. Descubro esta foto hace un par de días en las redes y me paralizo. Me da escalofríos, me refriego los ojos. Miro una y mil veces, recuerdo ese collarcito y esa remera. Soy yo sin duda. Y los ojos largan agua. Vuelvo a mi adolescencia.
En esa época iba mucho solo a la cancha a ver a Gimnasia. Vivía en Avellaneda, así que iba a Capital o a veces al bosque. Algo raro, inexplicable. Tan pibe y tomando bondis, subtes, trenes. Solo. Conocí todas las canchas de la Buenos Aires. Mi viejo a veces me acompañaba. Pero mi pasión no le daba respiro. No quería dejarme, pero le martillaba la cabeza y lo convencía. Una pasión inexplicable. Desde la cuna, como dice la canción. Pero esto es real.
Nací en La Plata y viví ahí hasta los 5 años. Ahí me hice del lobo. Nos tuvimos que mudar rapidito, así que nos fuimos a Avellaneda. Allí mi viejo, fanático del rojo, me llevó a ver al independiente campeón de todo. También íbamos a todas las canchas. Cualquier pibe normal se hubiera enamorado de las vueltas olímpicas. Campeonatos locales, Libertadores, campeón intercontinental. Sin embargo, siempre fui del lobo. Sospecho que en el jardín de infantes me inyectaron sangre azul y blanca.
Mi reencuentro con el lobo y su hinchada fue cuando yo tenía 13 años. Racing había descendido y Gimnasia fue jugar de visitante. Yo estaba en mi casa, en los monoblocks entre las canchas del Rojo y de Racing. Siento un murmullo tremendo, me asomo por la ventana y veo un tren desbordado de triperos. Habían parado el tren antes de la estación y bajaban por un terraplén hacia calle Alsina. Bajo desesperado y veo una imagen tremenda. Miles de hinchas avanzando hacia la cancha, pero primero, encabezando, El Negro José Luis. Borcegos, jeans rotos, musculosa negra con la lengua de los Stones, un lomo tremendo y peinado punk. En esa época era bravo usar el pelo así. Una imagen única. Parecía el cacique de una tribu. Desde ese día, mi enfermedad por el lobo creció y creció cada día mas. Cada vez peor. No hay cordura que entienda esta locura. Es como dice Sacheri. Uno puede cambiar de todo, de lo que sea. Lo que no podrá nunca es cambiar de pasión.
Fui a muchas canchas. Hasta un día caí preso a mis 15, por pendejo y por boludo, compartiendo comisaria con La Bestia Pop y con el Loco Fierro. Otro día les cuento la historia. “Que haces pibe”, me saludaban después de eso, y yo no podía creerlo. Andaba en las tribunas cerca de ellos, sabía que, si había quilombo, me defendían. La dictadura había terminado hacia un ratito y a la cana le gustaba mucho pegar por placer y por las dudas.
La leyenda cuenta que El Negro José Luis fue a ver a Los Redondos a un pub de La Plata cuando tocaban para 50 personas. Era muy rockero. Al terminar el show, el Negro se acercó al Indio a saludarlo, y este le dice que lo conocían de la cancha. Que ellos(Los Redondos) iban a ver a Gimnasia. Y que él mismo era La Bestia Pop, se habían inspirado en él. El Negro no podía creerlo.
Descubrir esa foto que no sabía que existía me llenó de emoción. Volví a ser pibe. A tener un ídolo de carne y hueso cerca, dándome la mano. Algo inexplicable, pero un barra brava de los de antes, de los que tenían códigos. Peleadores callejeros, como los bandidos rurales antiguos.
No sé si está bien. No se está mal. Es lo que me pasa. Es pasión. Y contra la pasión, nada hay que hacer. Solo disfrutarla. Y llorar de emoción.
ARIEL OLIVERI. 22/07/24